Cumplen años, aunque ya no están. Entonces reformulo: los años se les cumplen. Podríamos decir que es su primer no-cumpleaños. ¿Es una celebración? Sólo los
vivos sufren la muerte de los ausentes. Si una vez muertos están en paz y no
tienen dolor, ¿no deberían los vivos celebrar el no-dolor de los muertos?
Cumplirían años que no cumplen… cumpliría 83… Pero, ¿entonces cuántos cumple? Tal
vez, el contador empieza de 0 y hoy es el primer cumpleaños de una nueva vida.
Si el amor se
midiese en lágrimas, nunca podría llorar lo suficiente.
Siempre he temido a la soledad por considerarla un encuentro con uno mismo. Hoy he pensado lo contrario: la presencia de alguien nos hace todavía más conscientes de nuestra presencia, puesto que no podamos estar ausentes. Pongo un ejemplo: un mal día, o simplemente un día muy largo; llegar a casa sin ganas de hablar. La soledad te permite evadirte y olvidar la propia existencia con cualquier medio audiovisual (ver una buena película, y mañana será otro día); o simplemente divagar en silencio, que es menos exigente que mantener una conversación. La presencia de otra persona te obliga a una interacción en la que necesariamente te encuentras contigo mismo, a no ser que consigas volcarte tanto en la(s) otra(s) personas hasta el punto de olvidarte de ti y de tus problemas. En este caso, las personas despempeñarían el rol de "película humana". Cine en directo, o cine en diferido. En cualquier caso, cuando el cuerpo pide opio, el problema no es ni la soledad ni la compañía. Ni ninguna de las dos es la solución...
Cabeza: ¡Hola Lola! Lola: ¡Hola Cabeza! Cabeza:Te noto un poco ida. Lola: Sí, es que me estoy
yendo. Cabeza:Ah, ¿sí? ¿A dónde? Lola: De vacaciones. Cabeza:¡Ah! ¿Y por qué yo no sabía nada? Lola: Porque tú no vienes. Necesito desconectar, lo entiendes, ¿verdad? Cabeza: ¡Ah, no, no! ¡No me seas
descerebrada! ¡Sin mí tú no sales de casa! Lola: No me seas Cabez… Cabeza: ¡Shh! Lo que me faltaba!
Te recuerdo que sin mí, no tienes sentido del humor… y por supuesto, ninguna
gracia. En fin, tú sabrás lo que haces… Pero dime, ¿qué te llevas? Lola: Los pulmones, para
oxigenarlos; el pelo, porque abriga; los muslos, para bailar swing; las uñas,
porque a veces vienen bien para abrir cosas... Cabeza:¿El estómago? Lola:No, que está hecho un nudo. Cabeza:¿Y cómo comerás? Lola: Por la boca. Cabeza:¿Te llevas los ojos? Lola: Sí, pero me dejo el
corazón. Ya conoces el refrán. Cabeza:Pero escucha, ¿te vas muchos días? Lola:No, sólo un par. Ya sabes que no puedo estar
mucho tiempo sin ti. Cabeza:¡Ah, amiga! ¡Entonces sí que te llevas la
conciencia! Lola: Sí, me temo que sin ella no
sé ir a ningún sitio... Cabeza:En fin, pues que desconectes bien... Lola:¡Descuida! Cabeza:Como sigas así, un día me perderás… Lola: Venga, no te enfades… Dime,
¿pensarás en mí? Cabeza: Qué remedio…
Estaba pensando en el concepto de flechazo musical, y por tanto, en el paralelismo entre el amor y la música. Ambos pueden llegar a ser pasiones.
Flechazo: cuando escuchas una canción y a las primeras notas ya intuyes que te va a gustar. Te gusta como empieza, sus primeras notas, su primera estrofa... pero sobre todo te gusta la sensación que te provoca. Como con el amor. Con dicha predisposición, es normal que a medida que sigues escuchando la canción, te guste más. La escuchas otra vez, y se corrobora. Te encanta. Comienza la fase de idealización. Tienes que buscar más cosas de ese grupo o cantante. Enamorada como estás, seguro que te va a encantar todo lo que ha hecho. Imaginas que irás a verlo en concierto, con las letras aprendidas, por supuesto...
Como en el flechazo amoroso, luego se pasa. El amor puede continuar, por supuesto, pero ya de forma más tranquila, y claro está, más razonada y fundamentada. Verás que de toda su discografía, no todo es maravilloso. Podrás desarrollar un cierto espíritu crítico sin por ello dejar de adorarlo...
Aún así, como en el amor, yo puedo decir que mis grupos favoritos, siempre han empezado por un flechazo.
Este ha sido mi último flechazo musical: Joaquín Pascual, y su disco La frontera.